jueves 14 de enero de 2010

trato puntual

A mediados del años pasado se vino a vivir al departamento de al lado un tipo que usa un turbante en la cabeza y se hace llamar Khalsa. Esa misma noche tuvo la tupé de tocar a mi puerta para pedirme un poco de azúcar, ojalá negra, sin refinar. Yo estaba acostada, desnuda, calientita con una mano entre mis genitales viendo Dónde está Elisa y maldije al imbécil que pudiera estar afuera. Me perturba que me saquen de mi tranquilidad por lo mismo no suelo convidar gente a la casa a no ser que se trate de algo muy, pero muy puntual.

Me envolví en la sábana y fui a ver qué mierda. Antes de abrir miré por el ojo mágico y vi a un gilipollas con un ridículo turbante blanco, barba larguísima y una taza de té vacía en la mano. Azúcar negra no tengo, pero sí blanca, ¿te sirve? Me sirve igual, gracias. Dejé la sabana en el suelo y le recibí la taza. Carraspeó un poco, sobreponiéndose a la sorpresa, y trató de quedarse como si nada. Me fui a la cocina. Pensé en echarle una pizca de veneno de ratas pero no, no, sólo fue un soplo de pensamiento fugaz. Mejor, sería convidarlo pronto a cenar. Él se merecía otro trato, algo más puntual...

jueves 3 de diciembre de 2009

Ocho centímetros de estafa

¿Conocen los zapatos Max Denegri? Bueno, el tipo que maté ayer en la tarde en la playa, los usaba. De hecho lo maté por eso. A simple vista parecían zapatos normales, pero después de trepar la última roca -acabando de almorzar, fuimos a escalar rocas-, al llegar a la meseta, al sacarnos los zapatos, me di cuenta... Por dentro esconden un sucio truco; entre la suela y la planta, va metida una plataforma de 8 centímetros y si algo logra sacarme de mis casillas es justamente la falsedad. Claro que nunca imaginé que a tal extremo. Uno nunca termina de conocerse. Con el finado, nos conocimos hace tres días en una discoteca de Valparaíso.

Era un cubano sabrosón que bailaba salsa de manera increíble. Me llamó su ritmo, justamente, la atención. Un hombre bailando tan bien. Y la ropa, aparte. Chaqueta blanca sin mangas y sombrero y camisa negra, corbata roja y zapatos... y zapatos rojos. Toleré su estilo chabacano sólo porque era extranjero... y porque entre tanto bamboleo y apretadas y apuntaladas... La cosa es que estuvimos juntos toda la noche bailando. Se esmeró en enseñarme con paciencia y con una galantería un tanto zalamera, rítmica y muy, muy sensual; hasta que me calenté y nos fuimos a un rincón oscuro; pero bueno, no es éste el punto. En fin, era moreno y era delgado y fibroso, el pelo crespo, visado y con efecto húmedo caía por sobre sus hombros enmarcando las viriles facciones de su cara con gracia. Alto... pero no tanto. Del diente de oro que le descubrí el día después, o sea, ayer, bajo la luz natural cuando nos juntamos a almorzar, prefiero ni acordarme.

Me estaba esperando dentro de un sucucho ese día, o sea, ayer, un sucucho en pleno corazón de Valparaíso, sentado a una mesa tambaleante frente a dos apoteósicos platos de chorrillanas recién servidos y a dos copas de vino tinto. Hola mi reina, me dijo con resplandor y fue cuando le detecté el diente y cuando casi me cago del impacto. Dicen que uno se acostumbra a todo en la vida, pero yo discrepo un poco de ello, porque a sus zapatos no me habría acostumbrado ni a cañones. No es tan sencillo hablar de esto como parece; soy neófita en el tema, por tanto, lo escribo. Callar sí que no podría, eso hace mal para la salud, desarmoniza la mente, la psiquis. Bueno, supongo que no todos los días a uno se le presenta la oportunidad de cometer un crimen, no al menos uno perfecto, ni mucho menos, disfrutarlo. La parte que más disfruté a todo esto fue la del principio, cuando se dio cuenta de que la broma no era precisamente una broma ni el jueguito de acercarse de espaldas al acantilado, un jueguito.

Me gustaron sobre todo los ojos tan brillantes y saltones que se le pusieron, parecían a punto de salírsele de las cuencas, y la boca, la boca también me gustó mucho, tan grande, con decir que la cara en un momento llegó a ser casi una pura boca abierta. Y como se iba resbalando, en cámara lenta, por el tapiz de musgo roca abajo; esa fue genial. Con garras y dientes trató de aferrarse a ella, es decir a la roca, y con las yemas de los dedos, pero el moho estaba demasiado jabonoso y en el intento se le desprendieron unas cuantas uñas las que se quedaron ahí adosadas como fiel evidencia para el que quiera empezar con una investigación policíaca, o inspirar la creación de alguna novelita o cuento...

Yo lo miraba seria mientras le decía lo estúpido que había sido al comprarse esos ridículos zapatos y que lo sentía en el alma pero que yo no podía perdonarle el error, que podía pasar por alto cualquier cosa, si quería el diente de oro incluso pero nunca los Max Denegri, m, m. Hasta que el desgraciado abandonó toda esperanza y empezó con la madre, a sacarla a relucir y no conforme a gritar. Los gritos estentóreos que se mandó al final no me gustaron para nada, no señor. Habría preferido mil veces un lamento más sollozado o el eco de un aullido lejano.

viernes 25 de septiembre de 2009

Arder en llamas

Se despertó casi como todos los días alrededor de las seis de la mañana. Se refriega los ojos, bosteza, se estira, se queda un rato en la cama, bien tapado si hace frío, mira el techo, baja la vista, la pasea por las murallas por los tres cuadros por la lámpara y la detiene luego en la ventana, descifra si es que hay sol o nubes, si está despejado, nublado, parcial... se rasca el pecho, el entrepiernas, el culo, se mira el miembro inerte y se huele los dedos, se saca unas cuantas lagañas de los ojos y se vuelve estirar y ya más activado, se levanta, descorre las cortinas de terciopelo verde y la luz gris del día al fin de lleno entra en el dormitorio. La luz ilumina la maraña opaca y teñida de su esposa que aún duerme y no piensa todavía despertar. Él la observa un momento y cree detectar en su pelo un tono medio verdoso, la mira detenidamente y piensa pero que cara tan re fea dios mío, y ese hilo, ese hilo de baba que le sale de la boca y le corre por la cara. La boca desdentada está abierta. Si no fuera por la placa oh, Jesús... Mejor no detenerse a observar nada, hombre, mejor mirar sin ver y pensar sin analizar. Mejor pensar en cosas agradables, sí. Y empieza el viejo a pensar en mí, su auto. En el Nissan que acaba de comprarse y que dejó anoche estacionado en la calle así de expuesto porque el edificio en el que vivía no tiene estacionamientos disponibles.

La mujer se despierta mientras él se viste enfrente, y le ve justo sus menudencias antes de que la pretina del calzoncillo largo le estrangule el ovalo de su cintura de huevo. Ella se sienta en la cama y coge la placa que se coloca como autómata y lo mira con cara de zombi, imaginándoselo en pleno. Como no encuentra complicidad, dirige la vista hacia fuera, bostezando y pronunciando un ronco y entrecortado “que feo amaneció el día hoy, ya, voy por el desayuno”. Salta sobre sus pantuflas de toalla rosa mientras se arregla en lo posible el pelo, se pone la bata que se ata por la cintura con diligencia y da a su esposo un beso, y saca la lengua y trata de introducírsela en la boca de él, pero él corre la cara, los labios comprimidos, y finge el acceso de tos que lo zafa y coge el control remoto y enciende la tele y sintoniza las noticias mientras ella trata de atraer su atención en tanto suspira, derrotada, y parte a la cocina, en silencio emputecido, ideando la plausible solución al problema que aqueja a su sexo desde hace ya bastante tiempo. Busca culpables, lo encuentra: el auto. Ahora es el auto, antes era el fútbol, antes, el exceso de trabajo y antes... Sí, la maldita carcacha debe ser la culpable. La vieja las agarró con el vehículo jurando de guata que era el único responsable. Y se decide hacer algo, pero algo ahora ya.

Mete una marraqueta en el tostador y agua en el hervidor mientras bulle por la cocina rumiando el plan. El pan salta y el agua hierve y se le ocurre algo. Saca el cuchillo filudo del mueble y el pegamento especialmente pegajoso de la caja de herramientas y va por las llaves del Sentra; sigilosamente, abre la puerta del departamento y sale. Afuera hace frío, se sube el cuello de la bata y trata de vislumbrar el auto que no se ve, oprime la alarma, la que rápidamente suena y acalla para no alertar. La veterana dolida, deseosa, empañada y rabiosa ya está dentro del vehículo y se ríe con sarcasmo a carcajadas. Espera unos segundos y hunde el cuchillo en la felpa gris del asiento del piloto con suavidad y goce, diría, orgásmico. El pegamento va llenando la parte interna del asiento, va por litros. Luego la vieja pega la felpa acuchillada; no le cuesta, el pegamento funciona, y se sienta como si fuera a echar a andar el motor, pero en cambio se sujeta del volante con la mano derecha para con la izquierda palpar en busca la perilla del capó, la que encuentra y jala. Sonríe, los ojos brillan intensos. Sale del auto, ya ni frío siente por la adrenalina. Se dirige hacia la delantera del vehículo y toca el capó con la punta de los dedos, da con el fierrito, lo desengancha, lo levanta y lo apoya. Mira la maraña de cables enrevesados, no sabe qué es qué ni para qué sirve, y empieza a desrroscar tapas; la tapa del radiador, la del sapito, la del agua... La vieja abre y abre tapas como enferma y reparte el resto del pegamento en cada hoyo. La operación no le toma más de 10 minutos. Se deshace de la evidencia y sube al departamento tranquilamente como si nada.

El hombre en tanto sigue pegado en las noticias y cuando ella entra en la pieza con la bandeja del desayuno, no la mira, y ella quiere que puro la mire, pero no la mira y no la mira, y ella, ahora, quiere que se vaya, que vaya a desayunarse al auto para que vuelva luego despotricando contra quién sabe y sin auto y sin nada que pueda distraerlo de ella, de su fofo y degastado cuerpo, de sus besos desdentados, de su olor a naftalina y de su sexo seco y sediento. Y, en efecto, el viejo se va, sale de casa y no vuelve jamás. Y la vieja ahora arrepentida llora a moco tendido sobre la urna del finado. Y no le quedó otra después que comprarse un falo de goma XL, que encargó por internet porque le da vergüenza ir a meterse a un sex-shop, y ver el hot programa del cable que dirige una guatona locuaz y explícita, y darse la libertad de mandar notitas on-line con preguntas u opiniones calientes firmadas con el seudónimo de puta que se puso, algo así como Madeleine. Y la muy zorra ahora se masturba con una foto del viejo sonriente y orgulloso mirando desde la ventanilla, la mano haciendo chao, del Nissan Sentran B16 recién salidito de la automotora.

El pobre viejo se subió esa mañana gris al B16 y me echó andar el motor. Le pareció oír algo raro, algo como un rugido quizá, al que no prestó mayor atención y partió nomás mialma rumbo a la cresta. Detenido en un semáforo se da cuenta de que un humo negro se levanta por sobre el capó. Como puede se estaciona, en una calle desértica, y se desata el cinturón de seguridad para salir, arrancar. Pero el asiento está totalmante pegado a él. Desesperado entonces trata de sacarse la chaqueta, pero está la chaqueta adherida a la camisa, de la que logra desprenderse justo cuando las llamas asoman... Trata de pararse. Pero no puede pararse porque las piernas también están adheridas al asiento. Apurado se desata el cinturón del pantalón viendo como el fuego avanza, sintiendo la calentura arder en su piel; lo logra, uf, sí, se suelta. Pero la felpa caliente y derretida se le enreda en los pies, en las piernas lampiñas y no, no logra salir. Garabatea un poco y después, como un chancho asandose vivo, chilla abrasado por las llamas del dolor.

Nissan S.

domingo 23 de agosto de 2009

ciclo-insomnio

Son las tres de la madrugada y no he logrado pegar un ojo. Me doy vueltas en la cama, miro la hora en la radio-reloj, me desespero y me pongo de espalda y de lado y otra vez de espalda. La puerta del clóset está abierta y desde adentro sale una bocanada de oscuridad que me intimida. La luz artificial de la calle se filtra tenuemente por entre las hojas de la persiana por donde además se adentra la sombra seccionada del magnolio azul del jardín y dibuja en el techo figuras fantasmales que se interceptan y se intersectan, separan, juntan, alejan, acercan, achican y agrandan entre las grietas profundas y húmedas hasta volverse más y más difuminosas y desaparecer en medio del ruido que nace poco a poco en la calle, hasta que logro pegar los dos ojos, hasta que la alarma de la radio-reloj chirrea, hasta que la escucho y miro la hora y veo que ya son casi las seis de la mañana y que ya debo levantarme... Hasta que de nuevo son las tres de la madrugada y de nuevo no logro pegar un puto ojo.

martes 14 de abril de 2009

el cristiano

El cristiano que llegó. Sí el que llegó, era él. Él el marica. Y casi me caigo fulminado al suelo cuando lo veo ahí sentado a la mesa todo resuelto fumando echado para atrás en la silla con una pierna sobre la otra, el nudo de la corbata suelto y el traje impecable. 'Hola...Hola tú... tú debes ser uno de los jefes; bueno hola, ahora yo también...' algo así me dijo estirándome la mano y de pronto no vi nada y sentí que me iba lejos, que me desvanecía, sin embargo recobré el equilibrio y tratando de disimular ahí parado delante de todo el mundo expectante le estreché los dedos con fuerza sosteniendo unos segundos su mirada cómplice. Esa mirada suya capaz de penetrarte hondo. Y tuve miedo. No sé de qué, pero lo tuve. Podrían ser sus ojos: el fondo de su retina trasluce algo... un deseo quizá. Eso es lo que me asusta.
Le apreté las falanges, con rabia le apreté las falanges.
Me tiene ganas. Sí, me tiene puras ganas. Lo olisqueo.
Hubiera querido en ese momento triturarlo... masacrarlo, pero ahora de veras.
Partí al baño, descompuento partí al baño entonces a vomitar la comida, el postre, el café y todo.

martes 10 de marzo de 2009

yo soy tú soy marte y soy venus...soy imagen

Volví al trabajo después de las vacaciones. A la rutina, de la subsistencia. En la empresa redujeron personal y cambiaron a uno de los jefes. Al menos en plena crisis económica tú puedes jactarte de tener una pega además de ser ahora jefe, y de seguir insegurizándo a las personas para devolverles la tranquilidad en la venta de un Seguro de Vida. En fin, lo único seguro es la muerte, por eso, asegura tu vida. Talentoso pájaro herido. Sofismas del buen vendedor.

No puede en la vida de un Marte ser todo tan malo. La suerte si no encuentra por allá surge por acá donde está abierto. Y si abierto tienes el corazón he ahí el amor dispuesto y si abierta está el alma ahí entonces tienes a Jesús, en ti, alternando los mofletes al cachetazo del próximo, en cambio si el estómago fuera el abierto he ahí la comida y si en vez fuera el culo, el sexo. Pero he dormido mal últimamente por culpa de unos sueños que preferiría no recordar con el teclado. Es cuando siento que yo no soy yo, cuando la sensación de otredad me conforta diciéndome psssst, oye tú, tú no eres tú eres el uno y eres el otro y eres el todo.

‘El jefe es un mijitorrico’ ‘Nooo ¿en serio? ‘Uy sí, Anita, te cagai lo rico y varonil que es’ ‘O sea qué tú, ya lo viste’. Eran más o menos los comentarios de las minas de la oficina en relación al jefe nuevo. Andan las pobres desesperadas a falta de lo que yo podría haberles dado hace rato sin mezquindad si lo hubieran pedido. Por tanto, la buena obra del día será, jotearme a la guatona entusiasta; a ver si de aquí a la tarde a la sumo mañana la tengo balbuceando en la cama obscenidades; a ver si me turno: hoy la guatona mañana la flaca pasado la crespa… A ver si la próxima semana, en la comida de bienvenida, me andan más relajaditas y no me molestan al nuevo cristiano que llegó. Hay que cuidar la imagen de la empresa, eñores.

lunes 2 de marzo de 2009

lapidación fuliginosa

La cuestión es que estás aquí sentado en este lugar público, solo, y para peor sin auto que te lleve rechinando lejos, con ella y con él detrás tuyo sintiendo en tu nuca sus risas, la rabia, que tras del fragor de esa risa, descarada, se va volviendo ciega. Y ciego estás cuando las posibilidades de reacción se revientan ante la sensibilidad de tus pobres tímpanos, y te gritan, haz esto, esto otro, o mejor no hagas nada, quedate así, quietecito, tieso en tu dignidad, y dignamente pide al mozo el congrio frito con papas refritas y la copita de saouvignon blanc que tenías pensado, díselo fuerte y claro, para que al menos esos dos reparen en ti, o sea también comete la mierda, al plato, y no rumies más sobre esas palabras suyas que despiadadas una vez dijeron que te fueras, así, porque simplemente ella quería estar sola; un vómito ahora lleno de sentido que no bien te ha dejado dormir.

Pedí al mozo fuerte y claro y sí, como me aconsejara recién la conciencia. Y tan absorto estaba el uno en el otro que sin duda no me oyeron. Me sentí repentinamente mareado, fui al baño, tambaleante, a mojarme la cara. Apoyé las palmas con todo el peso del cuerpo en el borde del lavamanos y así me quedé un rato mirándome en el espejo, las lágrimas calientes se entremezclaban con las perlas de agua fría para caer a reventarse en la loza. Entró un tipo y se bajó el marrueco brioso y se puso a mojar la medialuna. Era él. Se guardó su piltrafa de muy macho y se subió el cierre con cuidado para salir sin lavarse las manos. Qué lesera. Yo también salí detrás casi pisándole los talones, qué dignidad, no iba dejarme vilipendiar.

Permiso, con permiso les decía yo mientras me iba colando entre esos dos cuerpos sentados a la mesa que dejaban caer de súbito los cubiertos, o que más bien ella dejó caer de súbito porque, lo que es él, recién iba a tomarlos para disponerse a clavar la presa e hincarle el diente antes de que sus ojos perplejos me vieran, en verdad, esos cuatro ojos perplejos, contando los de ella y sin contar todavía los del mozo, que sumados serían seis perplejos ojos, ni tampoco los pares mirones del resto de la concurrencia general que allí saciaba su hambre de pronto unidos todos los ojos en una sola visión de hermanos, aunque estos últimos más divertidos que perplejos, decía, unidos en la imagen de un hermano que sufre el cuernazo indeleble justo ahí en el centro y fondo del alma, y que viene todo herido, apenas a desquitarse como puede, o sea a penas a echar una meadita, larguísima sí como oscura y humeante también, en los platos de la pareja clandestina, a saber, en el pescado chico y seco y en el molusco trémulo y chorreante, par de infelices, y en el vino blanco y en el pan tierno, y en la mantequilla del campo y restos; me vieran...

Por cierto un moco de pavo comparado a la otrora entrañable lapidación de crápulas no vaporosa, no humeante, no fuliginosa como esta otra. Pero qué sarta de pleonasmos, por dios...
Marte De La Concien