El cristiano que llegó. Sí el que llegó, era él. Él el marica. Y casi me caigo fulminado al suelo cuando lo veo ahí sentado a la mesa todo resuelto fumando echado para atrás en la silla con una pierna sobre la otra, el nudo de la corbata suelto y el traje impecable. 'Hola...Hola tú... tú debes ser uno de los jefes; bueno hola, ahora yo también...' algo así me dijo estirándome la mano y de pronto no vi nada y sentí que me iba lejos, que me desvanecía, sin embargo recobré el equilibrio y tratando de disimular ahí parado delante de todo el mundo expectante le estreché los dedos con fuerza sosteniendo unos segundos su mirada cómplice. Esa mirada suya capaz de penetrarte hondo. Y tuve miedo. No sé de qué, pero lo tuve. Podrían ser sus ojos: el fondo de su retina trasluce algo... un deseo quizá. Eso es lo que me asusta.
Le apreté las falanges, con rabia le apreté las falanges.
Me tiene ganas. Sí, me tiene puras ganas. Lo olisqueo.
Hubiera querido en ese momento triturarlo... masacrarlo, pero ahora de veras.
Partí al baño, descompuento partí al baño entonces a vomitar la comida, el postre, el café y todo.
martes 14 de abril de 2009
martes 10 de marzo de 2009
yo soy tú soy marte y soy venus...soy imagen
Volví al trabajo después de las vacaciones. A la rutina, de la subsistencia. En la empresa redujeron personal y cambiaron a uno de los jefes. Al menos en plena crisis económica tú puedes jactarte de tener una pega además de ser ahora jefe, y de seguir insegurizándo a las personas para devolverles la tranquilidad en la venta de un Seguro de Vida. En fin, lo único seguro es la muerte, por eso, asegura tu vida. Talentoso pájaro herido. Sofismas del buen vendedor.
No puede en la vida de un Marte ser todo tan malo. La suerte si no encuentra por allá surge por acá donde está abierto. Y si abierto tienes el corazón he ahí el amor dispuesto y si abierta está el alma ahí entonces tienes a Jesús, en ti, alternando los mofletes al cachetazo del próximo, en cambio si el estómago fuera el abierto he ahí la comida y si en vez fuera el culo, el sexo. Pero he dormido mal últimamente por culpa de unos sueños que preferiría no recordar con el teclado. Es cuando siento que yo no soy yo, cuando la sensación de otredad me conforta diciéndome psssst, oye tú, tú no eres tú eres el uno y eres el otro y eres el todo.
‘El jefe es un mijitorrico’ ‘Nooo ¿en serio? ‘Uy sí, Anita, te cagai lo rico y varonil que es’ ‘O sea qué tú, ya lo viste’. Eran más o menos los comentarios de las minas de la oficina en relación al jefe nuevo. Andan las pobres desesperadas a falta de lo que yo podría haberles dado hace rato sin mezquindad si lo hubieran pedido. Por tanto, la buena obra del día será, jotearme a la guatona entusiasta; a ver si de aquí a la tarde a la sumo mañana la tengo balbuceando en la cama obscenidades; a ver si me turno: hoy la guatona mañana la flaca pasado la crespa… A ver si la próxima semana, en la comida de bienvenida, me andan más relajaditas y no me molestan al nuevo cristiano que llegó. Hay que cuidar la imagen de la empresa, eñores.
No puede en la vida de un Marte ser todo tan malo. La suerte si no encuentra por allá surge por acá donde está abierto. Y si abierto tienes el corazón he ahí el amor dispuesto y si abierta está el alma ahí entonces tienes a Jesús, en ti, alternando los mofletes al cachetazo del próximo, en cambio si el estómago fuera el abierto he ahí la comida y si en vez fuera el culo, el sexo. Pero he dormido mal últimamente por culpa de unos sueños que preferiría no recordar con el teclado. Es cuando siento que yo no soy yo, cuando la sensación de otredad me conforta diciéndome psssst, oye tú, tú no eres tú eres el uno y eres el otro y eres el todo.
‘El jefe es un mijitorrico’ ‘Nooo ¿en serio? ‘Uy sí, Anita, te cagai lo rico y varonil que es’ ‘O sea qué tú, ya lo viste’. Eran más o menos los comentarios de las minas de la oficina en relación al jefe nuevo. Andan las pobres desesperadas a falta de lo que yo podría haberles dado hace rato sin mezquindad si lo hubieran pedido. Por tanto, la buena obra del día será, jotearme a la guatona entusiasta; a ver si de aquí a la tarde a la sumo mañana la tengo balbuceando en la cama obscenidades; a ver si me turno: hoy la guatona mañana la flaca pasado la crespa… A ver si la próxima semana, en la comida de bienvenida, me andan más relajaditas y no me molestan al nuevo cristiano que llegó. Hay que cuidar la imagen de la empresa, eñores.
lunes 2 de marzo de 2009
lapidación fuliginosa
La cuestión es que estás aquí sentado en este lugar público, solo, y para peor sin auto que te lleve rechinando lejos, con ella y con él detrás tuyo sintiendo en tu nuca sus risas, la rabia, que tras del fragor de esa risa, descarada, se va volviendo ciega. Y ciego estás cuando las posibilidades de reacción se revientan ante la sensibilidad de tus pobres tímpanos, y te gritan, haz esto, esto otro, o mejor no hagas nada, quedate así, quietecito, tieso en tu dignidad, y dignamente pide al mozo el congrio frito con papas refritas y la copita de saouvignon blanc que tenías pensado, díselo fuerte y claro, para que al menos esos dos reparen en ti, o sea también comete la mierda, al plato, y no rumies más sobre esas palabras suyas que despiadadas una vez dijeron que te fueras, así, porque simplemente ella quería estar sola; un vómito ahora lleno de sentido que no bien te ha dejado dormir.
Pedí al mozo fuerte y claro y sí, como me aconsejara recién la conciencia. Y tan absorto estaba el uno en el otro que sin duda no me oyeron. Me sentí repentinamente mareado, fui al baño, tambaleante, a mojarme la cara. Apoyé las palmas con todo el peso del cuerpo en el borde del lavamanos y así me quedé un rato mirándome en el espejo, las lágrimas calientes se entremezclaban con las perlas de agua fría para caer a reventarse en la loza. Entró un tipo y se bajó el marrueco brioso y se puso a mojar la medialuna. Era él. Se guardó su piltrafa de muy macho y se subió el cierre con cuidado para salir sin lavarse las manos. Qué lesera. Yo también salí detrás casi pisándole los talones, qué dignidad, no iba dejarme vilipendiar.
Permiso, con permiso les decía yo mientras me iba colando entre esos dos cuerpos sentados a la mesa que dejaban caer de súbito los cubiertos, o que más bien ella dejó caer de súbito porque, lo que es él, recién iba a tomarlos para disponerse a clavar la presa e hincarle el diente antes de que sus ojos perplejos me vieran, en verdad, esos cuatro ojos perplejos, contando los de ella y sin contar todavía los del mozo, que sumados serían seis perplejos ojos, ni tampoco los pares mirones del resto de la concurrencia general que allí saciaba su hambre de pronto unidos todos los ojos en una sola visión de hermanos, aunque estos últimos más divertidos que perplejos, decía, unidos en la imagen de un hermano que sufre el cuernazo indeleble justo ahí en el centro y fondo del alma, y que viene todo herido, apenas a desquitarse como puede, o sea a penas a echar una meadita, larguísima sí como oscura y humeante también, en los platos de la pareja clandestina, a saber, en el pescado chico y seco y en el molusco trémulo y chorreante, par de infelices, y en el vino blanco y en el pan tierno, y en la mantequilla del campo y restos; me vieran...
Por cierto un moco de pavo comparado a la otrora entrañable lapidación de crápulas no vaporosa, no humeante, no fuliginosa como esta otra. Pero qué sarta de pleonasmos, por dios...
Marte De La Concien
Pedí al mozo fuerte y claro y sí, como me aconsejara recién la conciencia. Y tan absorto estaba el uno en el otro que sin duda no me oyeron. Me sentí repentinamente mareado, fui al baño, tambaleante, a mojarme la cara. Apoyé las palmas con todo el peso del cuerpo en el borde del lavamanos y así me quedé un rato mirándome en el espejo, las lágrimas calientes se entremezclaban con las perlas de agua fría para caer a reventarse en la loza. Entró un tipo y se bajó el marrueco brioso y se puso a mojar la medialuna. Era él. Se guardó su piltrafa de muy macho y se subió el cierre con cuidado para salir sin lavarse las manos. Qué lesera. Yo también salí detrás casi pisándole los talones, qué dignidad, no iba dejarme vilipendiar.
Permiso, con permiso les decía yo mientras me iba colando entre esos dos cuerpos sentados a la mesa que dejaban caer de súbito los cubiertos, o que más bien ella dejó caer de súbito porque, lo que es él, recién iba a tomarlos para disponerse a clavar la presa e hincarle el diente antes de que sus ojos perplejos me vieran, en verdad, esos cuatro ojos perplejos, contando los de ella y sin contar todavía los del mozo, que sumados serían seis perplejos ojos, ni tampoco los pares mirones del resto de la concurrencia general que allí saciaba su hambre de pronto unidos todos los ojos en una sola visión de hermanos, aunque estos últimos más divertidos que perplejos, decía, unidos en la imagen de un hermano que sufre el cuernazo indeleble justo ahí en el centro y fondo del alma, y que viene todo herido, apenas a desquitarse como puede, o sea a penas a echar una meadita, larguísima sí como oscura y humeante también, en los platos de la pareja clandestina, a saber, en el pescado chico y seco y en el molusco trémulo y chorreante, par de infelices, y en el vino blanco y en el pan tierno, y en la mantequilla del campo y restos; me vieran...
Por cierto un moco de pavo comparado a la otrora entrañable lapidación de crápulas no vaporosa, no humeante, no fuliginosa como esta otra. Pero qué sarta de pleonasmos, por dios...
Marte De La Concien
jueves 12 de febrero de 2009
el reflejo de la hiena
Creí que me estaba quitando la ciudad de encima yéndome a la playa. Y me fui en bus para no tener que depender de bencinas ni de velocidades permitidas ni del de adónde me estaciono ni de alguna eventual abstinencia espirituosa, a la casa de madera de un sencillo condominio en el litoral Central, en Mirasol, ubicado casi frente al opulento San Alfonso del Mar. Yo había comprado esa casa con mi esfuerzo, a poco tiempo de contraer matrimonio, incitado por mi mujer que, a todo esto, siempre ha sido una arribista; ella quería un departamento en San Alfonso y en San Alfonso y en San Alfonso. Y casi me convence, a puro sexo. Pero al pedir un préstamo con lo que me soltaron sólo me alcanzó para esta cabañuela, que apenas soslaya hacia la gran mole de su sueño, que, anterior este episodio, yo juraba trunco.
El punto es que deseaba estar solo, desconectarme, descansar y tirarme las bolas a destajo.
El servicio de Tur Bus bien como las reverendas me hizo llegar a puerto muerto de hambre, y apenas en la despensa quedaba un poco de arroz añejo y todo agusanado; los muy miserables del bus no te sirven ni un tente en pie, y sin embargo el chancho del chofer métale comiendo como animal. Ya era tarde como para salir a comprar algo pero no como para salir a comer. Así que caminando fui hasta un restorán bastante bueno emplazado en la playa misma. La oscuridad caía agradable de un cielo cuajado de estrellas, que parecía envolverme, como con altruismo, en esa impasibilidad nocturna y serena y hacerme su cómplice.
La tenue luz artificial proyectada local afuera se amalgamaba con el ajetreo interior, con las voces al unísono, con el murmullo humano que emergía imprudente sobre la solemnidad de la noche en un sonido similar al borbollón de las hienas. Entré y me senté junto a una ventana, donde se reflejaba mi cara y las caras de los comensales. De pronto creí reconocer una risa, una carcajada seca y breve, hueca y brusca, de hiena. Venía de atrás de mí. No me atreví a volverme pero, sin embargo, el reflejo del vidrio me la reveló. Y me mostró lo que directamente no me atreví a ver.
Hubiera andado en auto me voy de vuelta a Santiago ipso facto y pelando el forro a fondo, caliente, el cable fundido...
Marte
El punto es que deseaba estar solo, desconectarme, descansar y tirarme las bolas a destajo.
El servicio de Tur Bus bien como las reverendas me hizo llegar a puerto muerto de hambre, y apenas en la despensa quedaba un poco de arroz añejo y todo agusanado; los muy miserables del bus no te sirven ni un tente en pie, y sin embargo el chancho del chofer métale comiendo como animal. Ya era tarde como para salir a comprar algo pero no como para salir a comer. Así que caminando fui hasta un restorán bastante bueno emplazado en la playa misma. La oscuridad caía agradable de un cielo cuajado de estrellas, que parecía envolverme, como con altruismo, en esa impasibilidad nocturna y serena y hacerme su cómplice.
La tenue luz artificial proyectada local afuera se amalgamaba con el ajetreo interior, con las voces al unísono, con el murmullo humano que emergía imprudente sobre la solemnidad de la noche en un sonido similar al borbollón de las hienas. Entré y me senté junto a una ventana, donde se reflejaba mi cara y las caras de los comensales. De pronto creí reconocer una risa, una carcajada seca y breve, hueca y brusca, de hiena. Venía de atrás de mí. No me atreví a volverme pero, sin embargo, el reflejo del vidrio me la reveló. Y me mostró lo que directamente no me atreví a ver.
Hubiera andado en auto me voy de vuelta a Santiago ipso facto y pelando el forro a fondo, caliente, el cable fundido...
Marte
viernes 2 de enero de 2009
marte de tic tac
Deseaba quitarme la ciudad de encima escapándome de ella y de todo lo que hay en ella. Necesitaba arrancarme el tizne de los días vendidos al trabajo eterno, el tizne de la anestesia del cansancio, del desplazamiento subterráneo en carros, en el metro, siempre atestado del rebaño humano que no sabe más que esperar, igual que yo, sábados y domingos para evaporarlos en la sola reposición del cuerpo.
Tras la siesta del fin de semana yo solía brotar atontado e idiota, y como un autómata estirar el brazo hasta la mesa de noche para coger el control remoto, los párpados legañosos todavía pegados, y encender la tele para no verla ni oírla, para sólo tenuemente respirar el aire viciado y encenagado del tiempo, encerrado aquí dentro del refugio de mi carne cansina, sintiendo bajo mi pecho peludo el inagotable latir de la vida... Tic Tac...
Tras la siesta del fin de semana yo solía brotar atontado e idiota, y como un autómata estirar el brazo hasta la mesa de noche para coger el control remoto, los párpados legañosos todavía pegados, y encender la tele para no verla ni oírla, para sólo tenuemente respirar el aire viciado y encenagado del tiempo, encerrado aquí dentro del refugio de mi carne cansina, sintiendo bajo mi pecho peludo el inagotable latir de la vida... Tic Tac...
viernes 26 de diciembre de 2008
marte de revancha
Confesión
Para que tú sepas yo no tengo miedo de nada, así que puedes hacerme todo el daño que quieras; desde esa madrugada en que los gritos de mi vieja me despertaron yo ya no tengo ni miedo de morir, así que hazlo, desgraciado, mátame si quieres, no me importa y de pasada me harías incluso un favor demostrándome esa hombría de la que te jactas, ja; a ver si puedes llegar a ser tan cruel como los malditos que mataron a mi hermano y que me dejaron convertido en esto que soy. Hazlo, mátame...mata mi cuerpo, lo que es mi alma ella murió hace tiempo cuando tenía yo siete años.
Yo lo escuchaba con los ojos cerrados, estaba bloqueado, profundamente perturbado, no de su historia sino de mí, sentado en la orilla de la cama, la espalda curca. La pausa levantó el silencio patético que le incitó a continuar, a seguir echando fuera su descarga sentimental pero esta vez con dolor, con la mansedumbre dolorosa que trae el recuerdo clavado en el alma, en el alma, que él creía muerta...
Los malos venían a buscarme, continuó. Vamos a llevarte a ver a tu hermano, me dijeron, riéndose con ganas no entendía yo de qué. Mi hermano estudiaba en la U de Chile sociología, era brillante. No me dejaron tiempo ni de vestirme ni de ir al baño y me hicieron despedirme de mi mamá con un beso y un abrazo mientras uno de ellos la agarraba de los brazos por la espalda de lo más divertido. Me acuerdo con asco de haber sentido exaltación, cuando al bajarnos del vehículo, vi la tierra tapizada de aviones que yo incluso podía tocar con las manos mientras me llevaban sostenido de la nuca. Al parecer habían notado mi entusiasmo pues el que me conducía me prometió que si me portaba bien más tarde me dejaría subirme a uno. Eso me puso aún más contento y llegué al extremo de abrazar a ese hombre.
Mi hermano estaba esperándome en una pieza lúgubre y hedionda, los ojos vendados y amarrado a una silla, desnudo, con su cuerpo ensangrentado hecho una llaga fulgurante. A su lado, un uniformado con aire satisfecho me saludó agitando y golpeando contra su mano un fierro. En un rincón junto a la chimenea cuyas llamas frenéticas daban la impresión de un infierno, había un tambor de agua podrida, pestilente. Habla ahora que te vino a ver tu hermanito chico, le gritaba el hombre con el fierro metido en el fuego mientras le retiraban la venda para que pudiera verme, pero mi hermano sólo se limitaba a suplicar que no me hicieran daño, y entonces el sujeto que me llevó y que yo creía bueno me tomó en brazos y me sumergió de cabeza en el tambor hasta la cintura, una y otra vez, sin importarle que yo me hubiera meado y cagado en el pijama, hasta que de pronto, cuando ya debí de haber estado cianótico casi a punto de ahogarme, me recostaron en el suelo y me quitaron los pantalones, muertos de la risa, para refregar el cuerpo quemado de mi hermano, empezando por los pies hasta alcanzarle la boca, con la mierda, mi mierda, que le hacían comer y tragar con el agua del tambor.
No alcanzó si quiera a recibirse, a ser sociólogo...
Nunca más volví a verlo, ni supe tampoco de él nada.
Yo, no él sino Yo, Braulio, antes de que empezara a contarme todo esto le había clavado los dientes en su carne blanda y canela hasta el sangrado y sólo me detuvieron los chillidos guturales del dolor físico, que se volvían débiles y entregados, como los de un cordero agónico. Le tenía rabia. Una rabia nueva, diferente de la normal. Él me había hecho penetrarlo hasta machacarle los sesos aquella noche de copas sin que yo alcanzara si quiera a enterarme de lo que hacía, o de que lo hacía con un él, convirtiéndome entonces en el protagonista de éste secreto denigrante. Bueno, resultó que entre el que te mete y que te saca se me cayó la chequera esa vez, y claro, no tuve la certeza de que en efecto hubiera sido en aquel lugar sino hasta once días más tarde, cuando recibí de él éste mensaje de texto: hola, soy yo, el de la disco, te acuerdas? bueno te llamaba para decirte que yo tengo tu billetera y que puedes pasar a buscarla a mi casa cuando tú quieras siempre y cuando me avises antes para estar, okey? Chau. Significaba que, a lo menos, había estado intrusiando en ella, y así encontrado mi Nº.
Un tipo alto y de buena facha me abrió la puerta y supuse que tal vez fuera algún amante. Pero antes de darme tiempo de preguntar nada me hizo pasar, pudiendo así reconocerlo en el corto trayecto hacia el sillón, y constatar el mismo brillo en su mirada y la misma sonrisa en sus labios que, al momento de alejarse en busca de mi chequera, me hicieron correr la vista, bajarla hacia el culo, prognato, que ahora llevaba forrado en unos Dockers café claro. Me asustaba de mí mismo sin poder reconocerme. Y quería huir, aunque, quizás, deseba quedarme. Su departamento era pequeño, agradable y luminoso y olía a canela dulce y fresca como olía él. Me percaté de que la mesa estaba servida justo al tiempo de verlo venir con una fuente de comida humeante sobre las palmas y un gesto ameno, como de complicidad.
Quiero mi chequera, por favor, devuélvamela que tengo que irme, le dije, encandilándome con sus ojos húmedos y calientes. Dejó lo que traía sobre la mesa y sacó del bolsillo trasero mi billetera, estiré la mano para recibirla pero, un fugaz roce de pieles de fuego desató de nuevo esta perversión que él mismo supo inocularme como seguramente se inoculan las drogas del delirio adictivo. Nos fuimos a la cama dejando en el trayecto la ropa esparcida y le hice el amor con furia, gritándole, resoplándole la nuca en intervalos de gemidos que se confundían con el sonido rítmico de los golpes del respaldo de la cama contra la pared que era un maricón culiao y que tenía ganas de estrangularlo; entonces eyaculé como un asesino, apretándole el largo y venoso cogote con estas dos manos y no renunciando sino hasta encontrarme con su carne canela vuelta al púrpura.
Luego vinieron las mordeduras y los alaridos guturales y ese llamado del citófono y esa confesión que me hablaba, supuse por los datos, de su paso por la Base Aérea El Bosque. Me senté en la orilla del colchón, los ojos cerrados, inmóvil, bloqueado. Él ahogaba el llanto y me imploraba que lo matara, como ya dije arriba, y que vaya yo a saber por qué vuelvo a repetir parte de lo mismo aquí abajo: Para que tú sepas yo no tengo miedo de nada, así que puedes hacerme todo el daño que quieras; desde esa madrugada en que los gritos de mi vieja me despertaron yo ya no tengo ni miedo de morir, así que hazlo, desgraciado, mátame si quieres, no me importa y de pasada me harías incluso un favor demostrándome esa hombría de la que te jactas, ja; a ver si puedes llegar a ser tan cruel como los malditos que mataron a mi hermano y que me dejaron convertido en esto que soy. Hazlo, mátame...
Me vestí, la cena en la mesa, intacta, fría, tomé lo que iba a buscar y me retiré sin despedirme.
Para que tú sepas yo no tengo miedo de nada, así que puedes hacerme todo el daño que quieras; desde esa madrugada en que los gritos de mi vieja me despertaron yo ya no tengo ni miedo de morir, así que hazlo, desgraciado, mátame si quieres, no me importa y de pasada me harías incluso un favor demostrándome esa hombría de la que te jactas, ja; a ver si puedes llegar a ser tan cruel como los malditos que mataron a mi hermano y que me dejaron convertido en esto que soy. Hazlo, mátame...mata mi cuerpo, lo que es mi alma ella murió hace tiempo cuando tenía yo siete años.
Yo lo escuchaba con los ojos cerrados, estaba bloqueado, profundamente perturbado, no de su historia sino de mí, sentado en la orilla de la cama, la espalda curca. La pausa levantó el silencio patético que le incitó a continuar, a seguir echando fuera su descarga sentimental pero esta vez con dolor, con la mansedumbre dolorosa que trae el recuerdo clavado en el alma, en el alma, que él creía muerta...
Los malos venían a buscarme, continuó. Vamos a llevarte a ver a tu hermano, me dijeron, riéndose con ganas no entendía yo de qué. Mi hermano estudiaba en la U de Chile sociología, era brillante. No me dejaron tiempo ni de vestirme ni de ir al baño y me hicieron despedirme de mi mamá con un beso y un abrazo mientras uno de ellos la agarraba de los brazos por la espalda de lo más divertido. Me acuerdo con asco de haber sentido exaltación, cuando al bajarnos del vehículo, vi la tierra tapizada de aviones que yo incluso podía tocar con las manos mientras me llevaban sostenido de la nuca. Al parecer habían notado mi entusiasmo pues el que me conducía me prometió que si me portaba bien más tarde me dejaría subirme a uno. Eso me puso aún más contento y llegué al extremo de abrazar a ese hombre.
Mi hermano estaba esperándome en una pieza lúgubre y hedionda, los ojos vendados y amarrado a una silla, desnudo, con su cuerpo ensangrentado hecho una llaga fulgurante. A su lado, un uniformado con aire satisfecho me saludó agitando y golpeando contra su mano un fierro. En un rincón junto a la chimenea cuyas llamas frenéticas daban la impresión de un infierno, había un tambor de agua podrida, pestilente. Habla ahora que te vino a ver tu hermanito chico, le gritaba el hombre con el fierro metido en el fuego mientras le retiraban la venda para que pudiera verme, pero mi hermano sólo se limitaba a suplicar que no me hicieran daño, y entonces el sujeto que me llevó y que yo creía bueno me tomó en brazos y me sumergió de cabeza en el tambor hasta la cintura, una y otra vez, sin importarle que yo me hubiera meado y cagado en el pijama, hasta que de pronto, cuando ya debí de haber estado cianótico casi a punto de ahogarme, me recostaron en el suelo y me quitaron los pantalones, muertos de la risa, para refregar el cuerpo quemado de mi hermano, empezando por los pies hasta alcanzarle la boca, con la mierda, mi mierda, que le hacían comer y tragar con el agua del tambor.
No alcanzó si quiera a recibirse, a ser sociólogo...
Nunca más volví a verlo, ni supe tampoco de él nada.
Yo, no él sino Yo, Braulio, antes de que empezara a contarme todo esto le había clavado los dientes en su carne blanda y canela hasta el sangrado y sólo me detuvieron los chillidos guturales del dolor físico, que se volvían débiles y entregados, como los de un cordero agónico. Le tenía rabia. Una rabia nueva, diferente de la normal. Él me había hecho penetrarlo hasta machacarle los sesos aquella noche de copas sin que yo alcanzara si quiera a enterarme de lo que hacía, o de que lo hacía con un él, convirtiéndome entonces en el protagonista de éste secreto denigrante. Bueno, resultó que entre el que te mete y que te saca se me cayó la chequera esa vez, y claro, no tuve la certeza de que en efecto hubiera sido en aquel lugar sino hasta once días más tarde, cuando recibí de él éste mensaje de texto: hola, soy yo, el de la disco, te acuerdas? bueno te llamaba para decirte que yo tengo tu billetera y que puedes pasar a buscarla a mi casa cuando tú quieras siempre y cuando me avises antes para estar, okey? Chau. Significaba que, a lo menos, había estado intrusiando en ella, y así encontrado mi Nº.
Un tipo alto y de buena facha me abrió la puerta y supuse que tal vez fuera algún amante. Pero antes de darme tiempo de preguntar nada me hizo pasar, pudiendo así reconocerlo en el corto trayecto hacia el sillón, y constatar el mismo brillo en su mirada y la misma sonrisa en sus labios que, al momento de alejarse en busca de mi chequera, me hicieron correr la vista, bajarla hacia el culo, prognato, que ahora llevaba forrado en unos Dockers café claro. Me asustaba de mí mismo sin poder reconocerme. Y quería huir, aunque, quizás, deseba quedarme. Su departamento era pequeño, agradable y luminoso y olía a canela dulce y fresca como olía él. Me percaté de que la mesa estaba servida justo al tiempo de verlo venir con una fuente de comida humeante sobre las palmas y un gesto ameno, como de complicidad.
Quiero mi chequera, por favor, devuélvamela que tengo que irme, le dije, encandilándome con sus ojos húmedos y calientes. Dejó lo que traía sobre la mesa y sacó del bolsillo trasero mi billetera, estiré la mano para recibirla pero, un fugaz roce de pieles de fuego desató de nuevo esta perversión que él mismo supo inocularme como seguramente se inoculan las drogas del delirio adictivo. Nos fuimos a la cama dejando en el trayecto la ropa esparcida y le hice el amor con furia, gritándole, resoplándole la nuca en intervalos de gemidos que se confundían con el sonido rítmico de los golpes del respaldo de la cama contra la pared que era un maricón culiao y que tenía ganas de estrangularlo; entonces eyaculé como un asesino, apretándole el largo y venoso cogote con estas dos manos y no renunciando sino hasta encontrarme con su carne canela vuelta al púrpura.
Luego vinieron las mordeduras y los alaridos guturales y ese llamado del citófono y esa confesión que me hablaba, supuse por los datos, de su paso por la Base Aérea El Bosque. Me senté en la orilla del colchón, los ojos cerrados, inmóvil, bloqueado. Él ahogaba el llanto y me imploraba que lo matara, como ya dije arriba, y que vaya yo a saber por qué vuelvo a repetir parte de lo mismo aquí abajo: Para que tú sepas yo no tengo miedo de nada, así que puedes hacerme todo el daño que quieras; desde esa madrugada en que los gritos de mi vieja me despertaron yo ya no tengo ni miedo de morir, así que hazlo, desgraciado, mátame si quieres, no me importa y de pasada me harías incluso un favor demostrándome esa hombría de la que te jactas, ja; a ver si puedes llegar a ser tan cruel como los malditos que mataron a mi hermano y que me dejaron convertido en esto que soy. Hazlo, mátame...
Me vestí, la cena en la mesa, intacta, fría, tomé lo que iba a buscar y me retiré sin despedirme.
lunes 22 de diciembre de 2008
marte de copas
Llevaba demasiados fines de semana encerrado en la autocompasión masoca antes de necesitar, digamos, de casi cualquiera, al menos un suspiro de goce, algo o alguien que fuera capaz de decirme aún estoy vivo. Si no estaba muerto era porque todavía respiraba. Pero tampoco disponía las fuerzas suficientes como para levantarme y determinar la sencilla causa por mí solo. Pero claro, lo quería; salir corriendo a emborracharme y fornicar como animal rabioso hasta agonizar era lo que más deseaba. Más todavía por el hecho de que la habían visto a ella mi mujer, conversando con un tipo, según me contara el mismo amigo que más tarde pasaría a buscarme...
El local estaba semioscuro y la música electrónica a todo tarro. La estridencia del sonido ahogaba las voces, así que antes de gritar, por acuerdo tácito, optamos por no conversar a cambio de fumar y de beber tranquilamente arrellanados en los sillones de cuero rojo pálido. A lo sumo intercambiábamos miradas furtivas de aprobación o desprecio hacia las hembras. Había una en especial que me miraba harto; estupenda, quizá demasiado estupenda como para creérmelas. El pelo rubio intenso, largo, contrastaba suavemente con su piel canela tibia; alta, delgada, sus muslos eran largos y firmes y remataban en el culazo prognato que ya me tenía hilando baba.
Me estrujé el vaso con la última gota de whisky en la boca y trituré el sexto o el séptimo o tal vez el decimo cigarro en el suelo mientras le mentía a mi amigo, con demasiada agua también dentro del bote como para entenderme, diciendo que me iba al baño. Vaya adónde quiera nomás compadre con tal que no se me vaya a la chucha, creo haber oído de vuelta. ¿A la chucha? No, no... Fui a buscar a la rubia que estaba con una amiga en la barra. Me paré a su lado. La miré y me miró y corrí la vista. La miré de nuevo y de nuevo me miró. Hola, le dije, en realidad, por la bulla, casi le grité Hola, me llamo Braulio. Si no hubiera sido por el copete me habría sentido un gran imbécil.
Nos pusimos a bailar. Ella me sonreía con ojos tiernos y calientes y yo, demasiado excitado ante la V de su escote, la invité con señas a tomarnos un trago, aunque mi destino era la cama. Nos besamos. Besaba como las diosas. Sus labios ardientes mordían mi boca despacio mientras que yo intentaba tragarme su lengua olor a fresas con desesperación. Me acarició la espalda y de pronto deslizó las manos hasta toparse con mi culo plano en donde se entretuvo un buen rato, luego las giró, rasándome las caderas en un escalofrío vertiginoso, en dirección del cohete. Ansioso tomé su mano y lo conduje al baño.
Antes de intentar nada nos estaban echando a gritos, así que, me dijo ella, urgida y con voz afónica, ojos brillosos, que conocía un lugar que estaba ahí mismo. Fuimos. Sodomízame, me susurraba al oído lamiéndomelo. Yo, feliz, satisfecho entre los vapores del entusiasmo de la borrachera y de aquel clímax increíble, desde su estrecha cintura mis dedos agradecidos quisieron ir a tocar su sexo. Pero los dedos se me hicieron poco. Pues un bulto tieso y húmedo y grande, enorme, desbordándoseme de las manos, rebasándolas...
El local estaba semioscuro y la música electrónica a todo tarro. La estridencia del sonido ahogaba las voces, así que antes de gritar, por acuerdo tácito, optamos por no conversar a cambio de fumar y de beber tranquilamente arrellanados en los sillones de cuero rojo pálido. A lo sumo intercambiábamos miradas furtivas de aprobación o desprecio hacia las hembras. Había una en especial que me miraba harto; estupenda, quizá demasiado estupenda como para creérmelas. El pelo rubio intenso, largo, contrastaba suavemente con su piel canela tibia; alta, delgada, sus muslos eran largos y firmes y remataban en el culazo prognato que ya me tenía hilando baba.
Me estrujé el vaso con la última gota de whisky en la boca y trituré el sexto o el séptimo o tal vez el decimo cigarro en el suelo mientras le mentía a mi amigo, con demasiada agua también dentro del bote como para entenderme, diciendo que me iba al baño. Vaya adónde quiera nomás compadre con tal que no se me vaya a la chucha, creo haber oído de vuelta. ¿A la chucha? No, no... Fui a buscar a la rubia que estaba con una amiga en la barra. Me paré a su lado. La miré y me miró y corrí la vista. La miré de nuevo y de nuevo me miró. Hola, le dije, en realidad, por la bulla, casi le grité Hola, me llamo Braulio. Si no hubiera sido por el copete me habría sentido un gran imbécil.
Nos pusimos a bailar. Ella me sonreía con ojos tiernos y calientes y yo, demasiado excitado ante la V de su escote, la invité con señas a tomarnos un trago, aunque mi destino era la cama. Nos besamos. Besaba como las diosas. Sus labios ardientes mordían mi boca despacio mientras que yo intentaba tragarme su lengua olor a fresas con desesperación. Me acarició la espalda y de pronto deslizó las manos hasta toparse con mi culo plano en donde se entretuvo un buen rato, luego las giró, rasándome las caderas en un escalofrío vertiginoso, en dirección del cohete. Ansioso tomé su mano y lo conduje al baño.
Antes de intentar nada nos estaban echando a gritos, así que, me dijo ella, urgida y con voz afónica, ojos brillosos, que conocía un lugar que estaba ahí mismo. Fuimos. Sodomízame, me susurraba al oído lamiéndomelo. Yo, feliz, satisfecho entre los vapores del entusiasmo de la borrachera y de aquel clímax increíble, desde su estrecha cintura mis dedos agradecidos quisieron ir a tocar su sexo. Pero los dedos se me hicieron poco. Pues un bulto tieso y húmedo y grande, enorme, desbordándoseme de las manos, rebasándolas...
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