martes 23 de noviembre de 2010

Sándalo


La profunda oscuridad de sus ojos la envolvió desde un principio mientras le hablaba de algo sin importancia, y en ese reverberar ella se fue quedando; en las chispitas de luz que acompasaban el movimiento de sus toscas manos morenas, en el batir de sus labios bien puestos en la cara angulosa de expresión alegre un tanto ingenua como la de un niño, se fue quedando, entregada como un animalito manso al espacio entreabierto de su corazón. Y entró bastante fácil por esa apertura que dejaba su encendida camisa a medio abotonar donde flotaban como hebras luminosas sus pelos entrecanos. Y en aquel espacio ella se rindió a las punzadas que se abatían suaves y hacían sentir en el centro de su pecho tierno como un algo tibio y fugaz que entraba y retrocedía por entre la viscosa humedad de sus entrañas y el olor a sándalo.