La gente pasa por mi lado sin apenas verme.
Estoy tendida bocarriba en una camilla, apegada a un muro, en un rincón lúgubre de lo que supongo es un hospital. Cómo llegué aquí y por qué, no sé. El asunto es que estoy en este lugar sola conmigo misma; y aquí el chiste, el más gracioso de la “existencia”: a punto de dejar de ser yo.
Tengo miedo.
Me aferro como puedo a los bordes de la camilla enclenque. Pero a lo único que logro por momentos aferrarme es a los recuerdos que también comienzan a diluirse.
Y estas personas extrañas de semblantes imperturbables no cesan de pulular sin darme la menor importancia.
Tengo demasiado miedo.
Es aquel miedo que suscita el saber que lo perderás TODO.
Estoy a punto de saltar hacia el despeñadero de la muerte y tirar al tacho todo lo que con tanto esfuerzo y sacrificio logré a duras penas a veces construir. Incluida mi identidad, que tanto problema me trajo... Durante no poco tiempo me sentí tan insignificante, que ni la plata malgastada en sicólogos ni en libros de autoayuda pudo conmigo.
Aunque yo sabía como todo el mundo que este momento inevitable llegaría. Pero no sabía lo terrible que puede llegar a ser de verdad este momento inevitable.
Soltarse es, lo que se dice, terrible.
¡No saber adónde irán a parar los malditos recuerdos es terrible!! Ni mis logros por cagones que sean merecen irse al tacho.
Juro que anhelo retener y agarrarme hasta de mi peor experiencia…
Amo mis conflictos de autoestima.
Añoro y no quiero soltar nada, nada de lo que creo ser o haber construido.
E intento aún con más fuerza asirme a esta fría camilla y anclar un último pensamiento en ese alguien ligado íntimamente a mí a fin de aferrarme a él.
A ese otro cadáver viviente con el que construí buena parte de la efímera fantasía burlesca de mi historia.
1 comentarios:
Excelente, muy buena narración sobre el desconocido paso de la vida a la muerte... Desconocido, cercano e inevitable... Para pensar, reflexionar y sacar cuentas de qué es lo qu´estamos haciendo... Felicitaciones nuevamente
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