martes 27 de diciembre de 2011

el señor Tu


Me volví y todos vimos acercarse al hombre... una figura demacrada y sin hombros, los brazos largos y de movimientos desacompasados, con una bata sucia y manchada; los pies chatos calzados en viejas y desaliñadas pantuflas; la cabeza alargada como un huevo, el pelos corto, la frente hundida, no tenía mentón, las orejas enormes y apantalladas, los labios fríos y crueles sobre los dientes grandes, amarillos y podridos, la piel enfermiza de un adicto... Llegó arrastrando los pies, moviendo inquieto la cabeza a la izquierda y a la derecha para ver si alguien lo seguía.
Nos presentaron. Jamás había visto ojos iguales. Ojos tan oscuros que parecían carecer de pupilas, turbios y opacos... ojos muertos, impenetrales... Me estremecí.
Me ofreció su mano inerte y fría. Una mano enorme y huesuda con uñas de cinco centímetros, pardas, manchadas por el opio.
El señor Tu me aseguró que mi visita lo complacía. Respondí que el placer era todo mío. Después, nos sentamos...